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17 noviembre, 2009
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Descubriendo el Valle de Kathmandu

Después de planchar la cama durante 10 horas, me he levantado sin recordar dónde estaba. Oh, si!, en la cochambrosa habitación de Kathmandú... que alivio, pensé por un momento que me despertaba en mi colchón de látex de mi espaciosa habitación de Barcelona...
Después de burlar al insistente casero indio con la insana intención de vendernos todo tipo de excursiones de las de "tienen 15 minutos para realizar sus compras en la tienda de mi primo", salimos a conocer la mañána de la ciudad, y que mejor opción que empezar desayunando en una casa de té minúscula, unas judías bien picantes acompañadas de "chapati" (pan ácimo sin levadura) y té. El local tiene unos 10 metros cuadrados y lo compartíamos con la familia nepalí que regentaba el negocio, padre, madre y dos niños y poco después se une un monje budista joven. No lo vimos llegar ni marcharse y estábamos sentados en la misma entrada. En fin...
Visita obligada por las calles del centro histórico, admirando las obras de arte de estilo Newar, budista-tibetano, hinduísta... y celebrando que se encuentren en la misma calle y no en caros museos para turistas elitistas como pasa en otros lugares. Cientos de obras de arte han sido expoliadas de países pobres como Nepal y llevadas a Europa y Norteamérica, como sucedió aquí sin ir más lejos en los años 80, cuando se robaron 120 estatuas de forma impune.
Vamos recorriendo las caóticas calles de Thamel, escuchando el incesante ruido de los claxon de los coches y motocicletas, las cantinelas de los vendedores ambulantes y los mil olores distintos entre agrio y dulzón.
Hacemos los trámites necesarios para volar en avioneta a Lukla, una de las puertas al Gran Himalaya y los permisos para recorrer a pie los valles del Kumbhu y del Gokyo, valles paralelos al Everest.
Cuando salimos de la Oficina de Turismo Nepalí tengo que sentarme a fumar un cigarro para convencerme que estoy a punto de realizar parte de un sueño de la infancia, ver en directo a Sagarmatha, el Everest. La diosa madre de los mundos, con sus leyendas, aldeas de sherpas y picos que las custodian como el Cho-Oyu, Ama Dablanm, el Lhotse, Pumo-Ri... Increíble. La segunda mitad del sueño es conquistarlo, aunque esa será otra historia.
Esta vez me presentaré a mi Madre como un hijo. La besaré, y le diré hasta luego. Que me espere algún día para cenar. A mesa puesta, como los niños rebeldes pero de buen corazón.

La Plaza Durbar, merece capítulo aparte. Una concentración inverosímil de estupas budistas, palacios newar y templos hinduístas que contemplados desde la terraza de un restaurante en la azotea de un edificio en la misma plaza la experiencia se multiplica. Desde una altura de unos 20 metros, todo queda al alcance de la mano; las escenas cotidianas se suceden y son toda una atracción. Una abuela acariciando con un amor infinito a un perro semi-callejero, niños haciendo volar sus cometas a más de 50 metros de altura, un soldado ocioso que mira a través de una reja de un blanco edificio gubernamental, un richsaw que se mueve gracias a Shiva de lo viejo que está... y todos vigilados por el teleobjetivo, qué gran compra hice!!

Después de la deliciosa comida, con charla incluida con dos nepalíes adolescentes teníamos que hacer compras de material de montaña de última hora por las calles de Thamel.
Un forro polar, cantimploras, un frontal, pastillas potabilizadoras para el agua y un largo etcétera por un corto número de rupias. Son imitaciones, pero con una calidad aceptable.
Vuelta al hotel, siempre caminando. Ducha, y cena en el mítico "Everest steak house", aunque sin proponérnoslo por que llegamos bajo una intensa lluvia que no nos dejaba ver por dónde caminábamos...y aquí fuimos a parar, al restaurante más famoso de la ciudad.
La cena, muy bien. Pedí pescado...

En la sobrecena, decidimos dejar el hostel del indio al día siguiente para ir a visitar Boudanath y perdernos por sus callejuelas llenas de espiritualidad budista, sus monasterios abiertos para que los Occidentales puedan estudiar budismo y sus pensiones regentadas por monjes. Pinta bien, verdad?
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